Era una tarde especial y se olía en el ambiente, la expectación era máxima, el público estaba entusiasmado y no les podía defraudar. Y ahí estaba yo, solo ante la canasta, no lo pensé dos veces y decidí hacerlo ya.
Cogí carrerilla, yo, el balón, la canasta y el espacio interminable entre ambos, se hacía eterno, no llegaba nunca. Empecé a correr, sentía que mis piernas me respondían, corría y corría cada vez más rápido, cuando llegué a la altura de la botella, a un metro de la canasta salté... sentía el viento azotar mi pelo, notaba que me elevaba, me veía en la cima, me creía capaz de todo y así alargué el brazo justo a tiempo y me colgué del aro colando la pelota a través de él.
La genté empezó a celebrar ese triunfo tan esperado, lo había conseguido y me veía capaz de más.
Ese día pasó a la eternidad, yo pasé a la eternidad
lunes, 28 de septiembre de 2009
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